Fanta llegó convencido de que los blancos son subestimados en Argentina. Y tenía razón. Abrió el primero sin decir de qué bodega era — quería que el vino hable solo.
Valen lo sirvió bien frío, casi demasiado. “Hay que esperar un poco”, dijo. Y sí, con diez minutos más en copa empezó a abrirse de verdad.
Melina fue directa: “Este es floral, ¿no?” Sí, Meli. Torrontés. Y uno bueno.
El segundo Torrontés era de otra región. Más seco, menos perfumado, más mineral. Fanta prefirió este — “tiene más carácter, no es solo flor”.
Melina no estuvo de acuerdo. “Para verano prefiero el primero, entra más fácil.” El debate clásico entre complejidad y frescura.
Valen los puso en contexto: “Con mariscos el segundo gana. Con una picada al mediodía, el primero.” Y ahí todos estuvimos de acuerdo.
El Chardonnay apareció sin aviso. Fanta lo sacó de la bolsa como si fuera un comodín. Sin roble, fermentado en acero inoxidable. Fresco, cítrico, con algo de fruta tropical al final.
“No parece Chardonnay”, dijo Melina. Y eso fue exactamente el punto. Cuando un vino sorprende y te hace cambiar lo que creías saber, algo está bien hecho.
Valen terminó las tres copas. No hizo falta decir más.
