
Fanta llegó con tres botellas en una bolsa de tela como si fueran el tesoro más preciado del mundo. Ninguna etiqueta famosa, ninguna bodega que salga en las revistas. “Probemos cosas que la gente no conoce”, dijo, y así fue.
Valen ya tenía la tabla lista — jamón crudo, queso sardo, algunas aceitunas y pan con manteca. El setup perfecto para que el vino hable por sí solo, sin mucho ruido.
Melina llegó última, con el vaso ya en la mano antes de sentarse. “¿Empezamos?” Sí, Meli. Empezamos.
Arrancamos con un Malbec joven de Luján de Cuyo. Sin madera. Fruta fresca, violeta, algo de frambuesa. Fanta lo abrió y lo sirvió sin decir nada — quería ver las caras primero.
Melina fue la primera en hablar: “Espera. Esto está bueno. ¿Cuánto sale?” Exactamente la reacción que queríamos.
Valen lo tomó más despacio, lo movió en el vaso, lo olió dos veces. “Es honesto. No intenta ser lo que no es.” Y eso, para nosotros, vale más que cualquier premio.
El segundo vino tenía más madera. Más estructura. Taninos firmes que pedían comida. Fanta lo amó desde el primer sorbo — “este es para asado, no para mesa”.
Melina no estuvo tan de acuerdo. “Es demasiado serio para un viernes.” Y puede que tenga razón. Hay vinos para cada momento, y este pedía carne a las brasas y charla larga, no una tabla de fiambres apurada.
Valen terminó su copa igual. “No me convence solo, pero con un vacío al punto lo veo diferente.” Lo anotamos para la próxima.
El último fue el Bonfanti Reserva. Ya lo conocíamos, pero siempre es bueno volver. Melina lo reconoció antes de que Fanta dijera nada — “este es el Bonfanti, ¿no?”
Sí, Meli. Y por algo está en el mercadito. Equilibrado, con personalidad, sin pretensiones. Valen dijo lo que todos pensaban: “Este lo recomendaría a cualquiera sin miedo a equivocarme.”
Terminamos la botella antes de que se dieran cuenta. Eso también es una buena señal.
